jueves, 12 de abril de 2012

¿Trastornos o estilos de personalidad? ¿Personalidad normal o personalidad patológica?

Diferenciar  de forma absoluta y objetivamente entre normalidad y patología en la personalidad es prácticamente imposible, ya que las distintas concepciones en las que nos podemos basar son construcciones sociales y artefactos culturales. Lo primero que nos tendríamos que preguntar es qué hace que un trastorno o estilo de   personalidad sea disfuncional o patológico.

            Millon y Davis (2001) indican que “no existen límites claros entre la normalidad y la patología. En vez de ello los estilos de personalidad se van matizando gradualmente en trastornos de la personalidad. A medida que se aumenta el nivel de patología, se incrementa la probabilidad de que aparezcan problemas en las diferentes vertientes de la vida humana,... . En el límite entre la normalidad y la patología, estos problemas suelen atribuirse a unos cuantos rasgos desadaptativos, ... . En cambio a niveles más patológicos, existen menos potencialidades de la personalidad y más rasgos extremos. Éstos interaccionan de una manera tan íntegra que la persona en su totalidad se convierte en la fuerza impulsora, más allá de sus problemas” (pág. 151).

Si seguimos las descripciones del DSM o la CIE  basta con que cumpla los criterios descritos por los expertos que han acordado los indicadores de cada una de las patologías, pero como veremos éstas descripciones son en muchos casos insuficientes para llegar a comprender la magnitud de estas patologías Si por ejemplo, nos basamos en los criterios  del sistema DSM, sería “un patrón permanente de experiencia interna y de comportamiento que se aparta acusadamente de las expectativas culturales del sujeto,..., debe inflexible,..., estable y de larga duración,..., causando malestar y prejuicio” (APA.2002, pág 769-770),  pero como indican Choca y Van Denburg (1998) elude de alguna manera la cuestión de fondo ya que los rasgos o estilos de personalidad se distribuyen a lo largo de un continuo. También  es criticado por  Millon T. y Davis R.(1998, 2001) al discrepar con la conceptualización del DSM al reflejar el sistema clasificatorio como se realiza con las enfermedades médicas. Wiggins y Pincus (1989) indicaban que las concepciones sobre los trastornos de la personalidad estaban muy unidas a las dimensiones de los rasgos normales de la personalidad.
Otra forma de enfoque es el estadístico, indicando que la configuración de los extremos de diferentes rasgos de una estructura de la personalidad puede llevar a la inadaptación. Otros autores mantienen el concepto de la rigidez como causa de los círculos viciosos que llevan a la psicopatología (Millon, 1981), a la flexibilidad adaptativa como fuente patógena o a la discrepancia entre la autopercepción de la persona y la forma en la que los demás la perciben también pueden conducir a la inadaptación (Sim y Romney, 1990) , éstos últimos llevaron a cabo una investigación donde se observó que en un grupo con trastorno de personalidad comparado con un grupo control sin problemas psiquiáticos, dicha discrepancia era significativamente más amplia.  Choca y Van Denburg (1998) apuntan, como otra posible causa, que la inadaptación  puede deberse  también a un desajuste entre el individuo y su entorno, aunque igualmente señalan que habría que tener en cuenta la vida del individuo longitudinalmente y observar si han existido dificultades caracteriológicas continuas, independientemente de las situaciones a las que se enfrentaban.

Choca y Van Denburg (1998) defienden la idea que no hay estilos de personalidad que sean mejores que otros, si bien tanto Millon (1981) como los autores del DSM apuntan hacia ciertos estilos de personalidad que son, presumible, más adaptativos que otros, aunque cabe señalar que también se han observado en distintas investigaciones como pacientes psiquiátricos pueden tener estilos de personalidad considerados “sanos” al igual que cualquier persona “sana”  puede poseer rasgos de algún estilo de personalidad  (Choca y Van Denburg, 1998 ; Craig y Olson, 1990)

Si entendemos que la personalidad, de forma simplificada, podría ser concebida como una representación  del mayor o menor estilo distintivo del funcionamiento adaptativo que exhibe el individuo frente a su entorno,  los trastornos de la personalidad representarían a su vez  estilos particulares de funcionamiento desadaptativos debido a deficiencias, desequilibrios o conflictos en la capacidad del individuo de relacionarse con el entorno (Millon T. y Davis R.,1998, 2001)., si bien, también indican que “es imposible padecer un trastorno de la personalidad, sino que es la completa constelación de la persona la que determina el potencial para la adaptación psicológica o la enfermedad” (Millon,T. y Davis,R. 2001, pág.11).

Respecto al tema de la consistencia y la estabilidad, Millon y Davis (1998, pág. 36) resuelven que “la consistencia se encuentra sólo en rasgos que son centrales en el estilo de funcionamiento del individuo...  Por tanto cada individuo posee un pequeño grupo se rasgos primarios que persisten en el tiempo y en distintas situaciones, y muestran un alto grado de consistencia y estabilidad. A estas características nos referimos cuando hablamos de personalidad..., la patología de la personalidad surge cuando estos rasgos estables y consistentes son inflexibles, aparecen de forma inapropiada  y fomentan la producción de círculos viciosos que perpetúan e intensifican las dificultades ya existentes”

Así, los métodos de clasificación más generalizados, en el campo de la salud mental, se han basado en modelos categoriales, sustentados en conjuntos de criterios específicos y explícitos, como son el DSM y la CIE, criticables por la pobreza descriptiva de los cuadros,  y consideran los trastornos de la personalidad como entidades patológicas individuales y delimitadas entre sí que constituyen a su vez una categoría diagnóstica basados en alteraciones patológicas específicas.

Rorer (1990) ya apuntaba sobre este problema afirmando que existe muy poco acuerdo sobre el ámbito que abarca la evaluación de la personalidad, existiendo menos acuerdo sobre qué se está evaluando que sobre cómo debe hacerse. Gradillas (2002), también apunta sobre esta cuestión, el equívoco afán de encasillar a los sujetos en categorías determinadas, por parte de los profesionales, pudiendo llevar, por una parte, a exagerar la intensidad de algunas particularidades anómalas en la personalidad del sujeto, y por otra, a minimizar otras características, que  en su conjunto nos daría una visión más global y completa del individuo.

Mateos y cols. (2001) también indican que esta dificultad es mayor en cuanto a los trastornos de personalidad debido a la falta de acuerdo en cuanto a cuáles deben ser los descriptores de ésta. Las distintas clasificaciones no definen los límites precisos del campo, igualmente los diagnósticos sobre un mismo sujeto se multiplican, como consecuencia de que se utilizan diferentes paradigmas para definir los distintos grupos de trastornos, observándose cómo evaluando un mismo fenómeno bajo distintos instrumentos se percibe igualmente de forma diferente.

Dr José María Hernández. Psicólogo Clínico y Sexólogo. Clínica mensalud Plasencia. Cáceres. http://www.mensalud.es

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